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¡Cuán grande puede ser el poder de una metáfora!
Una de las metáforas más insistentemente grabadas en la mente de los ciudadanos de un Estado-nación, o de una iglesia, es la metáfora del cuerpo.
Quienes pretenden dominar la mente de sus súbditos se han inventado la idea de que su país o su iglesia son un solo cuerpo, y han tratado de que esta imagen, de la unicidad e inviolabiliidad del cuerpo, penetre en las mentes de sus ovejas.
Por lo tanto, cualquier intento de secesión, cualquier divergencia, equivale a mutilar o desmembrar ese cuerpo.
¿Y qué puede ser más abominable, más condenable que ver un cuerpo desmembrado o mutilado?
Se habla también de cosas como la "integridad" de un territorio. ¿Qué puede ser más desagradable, qué puede suscitar un espíritu de defensa más heroico que el impedir que tu territorio se "desintegre"?
Gracias a la metáfora del cuerpo, los herejes y los secesionistas han sido considerados, a través de los siglos, como poco menos que despreciables traidores. Así ocurrió con la Reforma Protestante, que según esta óptica pretendía "dividir el cuerpo de Cristo", o de la independencia de las colonias hispanoamericanas, que pretendía "desmembrar" el imperio español. En ambos casos, la élite que se creía amenazada recurrió a la metáfora de la unicidad del cuerpo, y no tuvo empacho en mandar a la hoguera, el patíbulo o el paredón a los disidentes.

Imaginémonos, en cambio, que la metáfora de un país o de una iglesia fuera diferente.
Que la metáfora fuera la de una familia compuesta por individuos libres, que deciden estar juntos, y en determinado momento de su desarrollo, deciden separarse: los padres se despiden de sus hijos ya crecidos, y cada uno de los hermanos se despide el uno del otro, y emprenden su camino.
La Historia nos muestra que esta última metáfora es más parecida a la realidad. Las naciones engendran otras y devienen en otras, se separan, se fusionan, y se vuelven a separar. Las fronteras se reinventan, no son estáticas. Las identidades evolucionan.
Y dentro de cada nación y grupo, lo que encontramos tampoco es la unicidad de un cuerpo, sino un individuos cooperando, relacionándose, uniéndose y desuniéndose, entrando en conflicto y resolviéndolo. Como en la naturaleza, lo que encontramos al final de cuentas son átomos en movimiento.
Los países están compuestos de individuos capaces de tomar múltiples formas, de asociarse y disociarse de múltiples maneras.
Despertemos, norestenses. Ni la Iglesia es el "Cuerpo de Cristo", ni lo es el Estado. México no es uno. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Guatemala tampoco es una, ni Colombia, ni ningún otro Estado-nación sobre la Tierra. Somos todos grupos de personas libres, únicas e irrepetibles, que podrán asociarse y disociarse como mejor les convenga en cada momento histórico. No lo digo solo yo. Cualquier sociólogo o politólogo sabe que el Estado-nación es un invento más de las élites como respuesta a la "necesidad histórica" de mantener el orden y, sobre todo, el dominio sobre las mentes de las personas.
Y respecto al territorio, el único territorio que te pertenece realmente es sobre el que tienes un título de propiedad.
A mí, por ejemplo, no me pertenece ni una sola hectárea de la Riviera Maya, aunque la Riviera Maya sea oficialmente mexicana y yo sea oficialmente mexicano. Todo beneficio que obtenga de ella debería ser consecuencia de transacciones voluntarias de compra y venta de servicios o productos resultantes del trabajo hecho sobre esos terrenos. Cuando Hacienda toma por la fuerza parte de la riqueza de sus propietarios, vía impuestos, para construir una obra vial que me beneficia, hace algo incorrecto: algo que considero inmoral.
No me considero propietario del petróleo de Campeche, ni de las huertas de aguacate de Michoacán, ni del altar barroco de una iglesia oaxaqueña, ni de la partitura musical de un compositor de sones jarochos. Eso no me pertenece. Y como no me pertenece, no considero que me estén "mutilando" si el título de propiedad de ese petróleo, agua, acero, altar abarroco o partitura musical es adquirido legalmente por un empresario chino o por un jeque árabe.
En todo caso es mejor que me sienta parte del planeta todo. Ese sí es un territorio íntegro e inviolable. Y si me he de considerar parte de un solo cuerpo , que ese cuerpo sea la humanidad toda.
Y en todo caso, si queremos seguir pensando en México como en un cuerpo, imaginémoslo como el cuerpo de una madre que se ha embarazado, y que ha parido una hija genéticamente similar, pero no idéntica: una persona independiente merecedora de la oportunidad de forjarse un destino propio. Sierramadre es una hija que quiere despedirse en paz. No mutila ni desmiembra a su madre: simplemente se da cuenta de sí misma, y decide, en consecuencia, emprender su propio camino.
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