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El aumento en los impuestos, y la reacción de la sociedad a ello, nos recuerdan que México es el resultado de una larga relación maternoinfantil.
México es un país que recauda muy mal, y sin embargo se las da de estado benefactor.
México es un país que consiente oligopolios capitalistas al amparo del poder, y sin embargo se las da de respetuoso del libre mercado.
Así nomás no se puede.
Para sostener su estado benefactor, por cierto bastante chafa, el Estado mexicano no ha querido "molestar" a sus niños cobrándoles impuestos o vigilando que no los evadan. Faltaba más... lo que ha hecho es succionar a PEMEX, financiando sus déficit a base de petróleo. De esta manera, como el aparato de gobierno depende más del petróleo que de que la gente sea cumplida con sus impuestos, no tiene tampoco por qué preocuparse por ser cumplido con la gente. El gobierno finge gobernar y la sociedad finge pagar impuestos. Mientras tanto, el petróleo funciona como gallinita de los huevos de oro. Sólo que, tras tanto abuso y falta de cuidados, resulta que la gallinita ahora está vieja, enferma, y pone pocos huevos: el petróleo se acaba.
Le queda al gobierno sólo una de dos sopas:
Ambas sopas le sabrán amargas a una sociedad peticionaria y poco emprendedora. Ambas sopas exigen una transformación cultural enorme: o nos agarra el gusto por desembolsar en impuestos, o nos agarra el gusto por invertir, arriesgar, emprender y soltar la teta de mamá. Parece que el gobierno intentará mezclar un poquito de las dos sopas. Como siempre, intentará una solución a medias.
Por otra parte, el federalismo a la mexicana se replica la misma relación maternoinfantil a la que nos referimos. A los estados no les conviene zafarse de la teta federal: es más cómodo mamar y luego tener a quién acusar cuando no baja suficiente leche. Y mamá gobierno le conviene tener a sus cachorros bajo su control: nada mejor que mantenerlos dependientes de las transferencias federales, y constuir en el imaginario colectivo la idea de que los estados son "provincias" irresponsables y vulnerables, a quienes hay que proteger de caciques caprichosos (los gobiernos estatales).

Pero hay razones para la esperanza. Hay una sociedad donde aún está prendida la lucecita del espíritu emprendedor. Una sociedad donde décadas de maternalismo esquizoide no han apagado el impulso indómito y libertario. Una sociedad que ha superado la infancia y pronto estará lista para emprender su propio camino y escribir su propia historia. Me refiero a la sociedad norestense.
Ha llegado el tiempo del destete. Nuestro tiempo.
¡Libertad! ¡Responsabilidad! ¡Prosperidad!
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